martes, 30 de abril de 2013

Las luciérnagas






Estaba tumbada la Noche sobre una triste farola, pensando en sus cosas. Meditaba sobre la fuga de aquella estrella.
La Noche era ciega, no veía de luces y sombras pero sabía que existían   las siluetas que proyectaban porque oía a los niños jugar a hacer el conejito, el perro...
No había visto nunca a la Luna, pero sabia que allí estaba porque se paraba a oír a los poetas recitarles sus tristezas.
También sabía, que desde los siglos mas lejanos, grandes magos del saber la estudiaban, la observaban, catalogando sus lunares en constelaciones con nombres poderosos, ya que los curiosos exclamaban en el valle: "¡Mira casiopea!".
Sabía lo que tenía, había perdido una estrella.

En el otro lado del mundo, el Día lo pintaba todo con colores, saltaba y jugaba dando pinceladas a los campos, a las ciudades. Le daba sonido al gallo, destellos a los ríos  y   olor  a los naranjos.
Siempre estaba tan ocupado revolviéndolo todo que no tenía tiempo ni de estar triste, no pensaba en el mañana, no observaba los círculos expandiéndose en el lago cuando caían las gotas de  lluvia, ni miraba a las ardillas corretear por las ramas de los árboles.
Nunca había jugado a adivinar que parecían las nubes.
Salió el arco iris y el viento lo borró.
No sabia  lo que tenia, ni lo que había perdido.

Y entre tanto, justo en la penumbra del globo, donde el Día se  para y donde la Noche retrocede..  justo entre lo infinito del cosmos y lo medible entre dos polos...  una pareja de luciérnagas se encuentran  con su morse luminoso.

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