
Pesadillas que me hacían reir,
cayendo de rodillas arrodillada.
Yo era un soldado de plomo
y tú una bailarina travestida.
La lluvia tiñó de orín mi impecable uniforme,
tan rojo, tan blanco.
Tú tenías desatada la zapatilla,
y tu lunar pintado
sobre la mejilla
la lluvia, lo había despintado.
Si, tú con tu alma de trapo
y yo con mi corazón aplomado.
No estaba hecha esta casaca
para ocultar mis mamas,
me oprimía, me oxidaba.
Y tú con esos pies cincuentones,
arrugados los dedos
para no estropear mi pesadilla
por unos zancos de ballet
cosidos para pies de mujer...
en un mundo de coches a pilas
y pelotas de botes imparables...

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